FACTÓTUM

Artículos de diversa índole, en especial, de corte cultural, que son publicados semanalmente en un diario de la colectividad peruano-japonsa llamado: Perú Shimpo. Los artículos incluyen: arte, ensayos, investigaciones, cuentos, temas de actualidad, etc. Actualmente, publico otros escritos, además de fotografías y pinturas que están relacionados a temas de mi interés -que por cuestiones de espacio-, no los puedo publicar en el periódico.

sábado, octubre 15, 2005

EL PRIMER PRESIDENTE DEL CONGRESO PERUANO: FRANCISCO XAVIER DE LUNA PIZARRO

Introducción

Investigar sobre la vida y obra de una persona que ha tenido una prolífica producción escrita implica que ésta ha plasmado en el papel ideas, sentimientos, anhelos y demás que a manera de testamento, pueden ser revisados en el futuro por otra gente y en otra época, sin embargo, un personaje que no ha inmortalizado herencia escrita ninguna, sino más bien, que su talante comunicador se ha mostrado en el ejercicio del podio, es comparativamente más complejo en su estudio.

Este es el caso de Francisco Javier de Luna Pizarro, arequipeño liberal que jugó un papel muy importante durante aproximadamente los primeros 20 años de la formación de la República.

Se dice que Luna Pizarro “calla más de lo que dice” (Tauro 1959 citando a Leguía, p. IX) y que es esa parquedad se debe a su cautela debido a que pretendía una defensa sobre las posibles polémicas que pudiera ocasional debido a un desborde pasional (Tauro 1959).

Esta coyuntura difícil, plantea un problema complicado, ¿Cómo estudiar a un personaje que no ha dejado un testimonio sistemático sobre su pensamiento? Pues bien, se puede inferir su pensamiento en base a su conducta pública, cartas y algunos artículos publicados durante su vida.

Creyente en la libertad, la justicia, la educación popular, la soberanía del pueblo, Luna Pizarro fue colaborador en la formación de las primeras instituciones de la incipiente República, primer Presidente del Congreso Constituyente, partícipe de la elaboración de 3 constituciones y parlamentario en diversas oportunidades.

El fervor y pasión por sus ideas en torno a la creencia en las instituciones republicanas lo llevaron a ser deportado a Chile en 3 ocasiones, soportando incluso una vejatoria prisión.

Para el estudio de este interesante personaje se ha recurrido principalmente a la compilación realizada por el Dr. Alberto Tauro de Pino llamada Escritos Políticos que reúne una serie de cartas, discursos y artículos pronunciados por Luna Pizarro durante su vida, además de una interesante visión biográfica del mismo. Este texto fue generosamente proporcionado por la hija del ilustre historiador, la Lic. Talía Tauro Uriarte quien fuera mi profesora en la Facultad de Psicología de la Universidad Ricardo Palma. Otra fuente interesante de consulta fueron Las Tradiciones Peruanas de Don Ricardo Palma quien describe dos momentos de Luna Pizarro, uno de ellos en su infancia y el otro, durante la emancipación.

Luna Pizarro es un personaje que en su lúcido pensamiento plasmó ideas que aún continúan vigentes y que valdría la pena releer y darlas a conocer de manera masiva, a fin de que su legado no se pierda de manera inexorable en las páginas de la historia.

Capítulo 1: Antecedentes, Vida y Obra

1.1. Antecedentes:

El Perú se hallaba inmerso en el proceso emancipatorio que tuvo entre sus orígenes la sublevación de Túpac Amaru que aunque no se obtuviera con ella la independencia del país, no disminuye la grandeza del movimiento indígena de 1780-81 debido a que la masa indígena se benefició en alguna medida con la supresión, después de la Revolución, de los Corregimientos y los Repartimientos y los reemplazó por la libertad de poder comprar, que aunque parezca de poca importancia, fue una gran conquista de las masas que sufrían las imposiciones del corregidor (Choy 1954).

“El aplastamiento de la Revolución de Túpac Amaru implicó que los criollos lideraran el movimiento nacionalista emancipador. Se postergaron así, de hecho, las reivindicaciones e intereses de las masas populares. El movimiento emancipador criollo estuvo impulsado tanto por motivaciones y sentimientos nacionalistas como por sus propios intereses económicos. Por ello, aunque existió participación popular durante la emancipación, expresada principalmente en la acción de guerrilleros o montoneros, el movimiento independentista no puede ser visto ni como dirigido por los grupos populares, ni sirviendo a los intereses de ellos” (Lecaros 1983, p. 65). Fueron la conjunción de las calidades heróicas de personajes como Bolívar, San Martín o Sánchez Carrión sumados a los intereses y condiciones económicas los que permitieron la culminación de la independencia (Lecaros 1983).

Basadre (1973) menciona que “en el proceso de la guerra que se inicia en 1820 y termina en 1824 es necesario distinguir tres etapas. La primera fue la sanmartiniana y abarca la preparación, la salida y el desembarco de la expedición libertadora; la campaña en la costa del norte; la llamada “batalla blanca” es decir sin sangre, sin ocupar Lima; el establecimiento del protectorado y todos los hechos o cosas que con él se relacionaron; y la renuncia del prócer argentino. La segunda etapa que Raúl Porras Barrenechea solía llamar “el período peruano, se inicia con la instalación del primer Congreso Constituyente y sirve como prólogo a la llegada del Libertador. La etapa final, la más difícil, fue la bolivariana y en ella vino a ser decisiva la participación de ejércitos colombianos al mando del genio de la Independencia americana y de su gran lugarteniente Antonio José de Sucre” (p. 154).

1.2. Vida:

Como producto del matrimonio entre Juan Bautista de Luna Pizarro, (militar español) y Cipriana Pacheco Arauz, nació Francisco Javier de Luna Pizarro el 3 de diciembre de 1778. Fue destinado a la vida eclesiástica desde su infancia. Ingresó a la edad de 11 años (1791) al Seminario Conciliar de San Jerónimo, que dirigía el obispo José Chávez de la Rosa. Ricardo Palma (1972) en su tradición ¡Al rincón! ¡Quita calzón! menciona una interesante anécdota que aconteció en los primeros años del personaje que es necesario transcribir en su totalidad:

“El liberal obispo de Arequipa Chávez de la Rosa, a quien debe esa ciudad, entre otros beneficios, la fundación de la Casa de expósitos, tomó gran empeño en el progreso del seminario, dándole un vasto y bien meditado plan de estudios, que aprobó el rey, prohibiendo sólo que se enseñasen derecho natural y de gentes.

Rara era la semana por los años de 1796 en que su señoría ilustrísima no hiciera por lo menos una visita al colegio, cuidando de que los catedráticos cumpliesen con su deber, de la moralidad de los escolares y de los arreglos económicos.

Una mañana encontróse con que el maestro de latinidad no se habla presentado en su aula, y por consiguiente los muchachos, en plena holganza, andaban haciendo de las suyas.

El señor obispo se propuso remediar la falta, reemplazando por ese día al profesor titular.

Los alumnos habían descuidado por completo aprender la lección. Nebrija y el Epítome habían sido olvidados.

Empezó el nuevo catedrático por hacer declinar a uno musa, musoe.

El muchacho se equivocó en el acusativo del plural, y el Sr. Chávez le dijo:

-¡Al rincón! ¡Quita calzón!

En esos tiempos regía por doctrina aquello de que la letra con sangre entra, y todos los colegios tenían un empleado o bedel, cuya tarea se reducía a aplicar tres, seis y hasta doce azotes sobre las posaderas del estudiante condenado a ir al rincón.

Pasó a otro. En el nominativo de quis vel quid ensartó un despropósito, y el maestro profirió la tremenda frase:

-¡Al rincón! ¡Quita calzón!

Y ya había más de una docena arrinconados, cuando le llegó su turno al más chiquitín y travieso de la clase, uno de esos tipos que llamamos revejidos, porque a lo sumo representaba tener ocho años, cuando en realidad doblaba el número.

-¿Quid est oratio? - le interrogó el obispo.

El niño o conato de hombre alzó los ojos al techo (acción que involuntariamente practicamos para recordar algo, como si las vigas del techo fueran un tónico para la memoria) y dejó pasar cinco segundos sin responder. El obispo atribuyó el silencio a ignorancia, y lanzó el inapelable fallo:

-¡Al rincón! ¡Quita calzón!

El chicuelo obedeció, pero rezongando entre dientes algo que hubo de incomodar a su ilustrísima.

-Ven acá, trastuelo. Ahora me vas a decir qué es lo que murmuras.

-Yo, nada, señor, nada- y seguía el muchacho gimoteando y pronunciando a la vez palabras entrecortadas.

Tomó a capricho el obispo saber lo que el escolar murmuraba, y tanto le hurgó que, al fin, le dijo el niño:

-Lo que hablo entre dientes es que, si su señoría ilustrísima me permitiera, yo también le haría una preguntita, y había de verse moro para contestármela de corrido.

Picóle la curiosidad al buen obispo, y sonriéndose ligeramente, respondió:

-A ver, hijo, pregunta.

-Pues con venia de su señoría, y si no es atrevimiento, yo quisiera que me dijese cuántos Dominus vobiscum tiene la misa.

El Sr. Chávez de la Rosa, sin darse cuenta de la acción.. levantó los ojos.

-¡Ah! -murmuró el niño, pero no tan bajo que no lo oyese el obispo-. También él mira al techo.

La verdad es que a su señoría ilustrísima no se le había ocurrido hasta ese instante averiguar cuántos Dominus vobiscum tiene la misa.

Encantólo, y esto era natural, la agudeza de aquel arrapiezo, que desde ese día le cortó, como se dice, el ombligo.

Por supuesto, que hubo amnistía general para los arrinconados.

El obispo se constituyó en padre y protector del niño, que era de una familia pobrísima de bienes, si bien rica en virtudes, y le confirió una de las becas del seminario.

Cuando el Sr. Chávez de la Rosa, no queriendo transigir con abusos y fastidiado de luchar sin fruto con su Cabildo y hasta con las monjas, renunció en 1804 el obispado, llevó entre los familiares que lo acompañaron a España al cleriguito del Dominus vobiscum, como cariñosamente llamaba a su protegido.

Andando los tiempos, aquel niño fue uno de los prohombres de la Independencia, uno de los más prestigiosos oradores en nuestras Asambleas, escritor galano y robusto, habilísimo político y orgullo del clero peruano.

¿Su nombre?

¡Qué! ¿No lo han adivinado ustedes?

En la bóveda de la catedral hay una tumba que guarda los restos del que fue Francisco Javier de Luna-Pizarro, vigésimo arzobispo de Lima, nacido en Arequipa en diciembre de 1780 y muerto el 9 de febrero de 1855” (pp. 443-445).

Francisco Javier de Luna Pizarro recibió la primera tonsura en 1791, estudió luego Latinidad y Retórica, Filosofía, Sagrada Teología y Jurisprudencia Civil, y debido a su ímpetu y habilidades, se le otorgó un permiso especial para que recibiera la enseñanza de las matemáticas. En Cusco, el 26 de junio de 1798 optó la licenciatura de Leyes y Sagrados Cánones y el 5 de julio, la licenciatura en Sagrada Teología. Posteriormente volvió a Arequipa en donde se dedicó a la práctica de Derecho Civil y Derecho Canónico, paralelamente a esto, ejerció la enseñanza de filosofía en el Seminario. Se le confirieron la órdenes menores el 13 de abril de 1799 y su protector, Chávez de la Rosa le ofreció un puesto entre sus familiares además de laborar en la práctica forense en el estudio de Evaristo Gómez Sánchez.

Se dirigió a Cusco a mediados del año 1801 en donde formuló ante la Real Audiencia el juramento requerido para ejercer la abogacía. Continuó sus labores docentes en el seminario y recibió por su cumplimiento las órdenes mayores el 13 de agosto de 1806. Ocupó luego, la prosecretaría del obispado y el vicerrectorado y la prefectura de estudios en el Seminario Conciliar de San Jerónimo en 1807.

Ejerció su ministerio en 1808 destinado por el virrey Abascal en el curato de San Agustín de Torata, pero sólo por pocos meses debido a que tuvo que acompañar al obispo Chávez de la Rosa a España, en marzo de 1809.

Tauro (1959) menciona que “en la península, el presbítero arequipeño observó atentamente la crisis política y social, acumulando una experiencia que sería decisiva en el curso posterior de su vida. Asistió a la resistencia que el pueblo opuso a la ocupación napoleónica, y así afianzó su confianza en la soberanía popular; designado capellán del Presidente del Consejo de Indias, presenció en Cádiz, las sesiones de la Cortes; y, al mismo tiempo que siguió sus procedimientos y los conciertos particulares de los diputados, guardó imborrable memoria de los debates suscitados por la libertad de imprenta y los principios constitucionales de la monarquía española” (p. XVI-XVII).

El último cargo que este ilustre personaje ocupó en la península, fue el de examinador sinodal del obispado de Singüenza el 26 de noviembre de 1811, pero no tuvo larga duración debido a que regresó a Lima el 16 de abril de 1812 en un ambiente notablemente agitado porque por primera vez se elegirían en elecciones a los diputados a Cortes en cumplimiento de la Constitución aprobada en Cádiz.

Se incorporó casi de inmediato al cabildo metropolitano en calidad de medio racionero, fue promovido el 23 de octubre de 1816 al cargo de racionero y lo ejerció hasta febrero de 1922.

El Colegio de Medicina de San Fernando lo solicitó en marzo de 1819 para ejercer el cargo de rector, que ocupó con gran tino debido a que mantuvo la regularidad de las clases, a pesar de los problemas políticos coyunturales por la gesta emancipadora. Ocupó este cargo por cuatro años, y ya proclamada la independencia, integró la Junta de Purificación que recibió las informaciones de los sacerdotes acerca de los servicios patrióticos; fue asociado a la Orden del Sol; integró la sociedad Patriótica creada para discutir acerca del régimen de gobierno conveniente al Perú; en enero de 1822 fue electo como diputado por Arequipa; fue el primer presidente del Congreso Constituyente del 20 de setiembre al 20 de octubre de 1822 y miembro de la comisión que redactó el proyecto de constitución de 1923.

Durante los primeros meses de 1823 decidió viajar a Chile debido a su desacuerdo con la presión militar que determinó la elección de José Mariano de la Riva Agüero como presidente. En el país del sur permaneció hasta que la independencia del Perú fuera finiquitada por Bolívar en la Batalla de Ayacucho un 9 de noviembre de 1824. Luna Pizarro decidió retornar al Perú y fue nombrado tesorero del cabildo diocesano de Arequipa en agosto de 1825.

Fue Elegido nuevamente diputado para el congreso de 1826 en donde combatió la prórroga de la dictadura bolivariana así como la intención de adoptar una constitución vitalicia. Por esta oposición férrea, fue expulsado y llegó nuevamente a Chile, pero terminada la influencia de Bolívar regresó a Lima el 29 de abril de 1827, fue recibido triunfante y electo diputado por su tierra en donde presidió el Congreso Constituyente en dos períodos del 4 de junio al 4 de julio y del 4 de marzo al 4 de abril de 1828. En uso de sus funciones, decidió la elección del mariscal José de La Mar como presidente Constitucional; y favoreció la inclusión de los principales dictados de la Constitución de 1823.

El 5 de junio de 1829, con motivo del derrocamiento del Presidente La Mar, sus enemigos le impusieron una vejatoria prisión por orden directa del general Antonio Gutiérrez de la Fuente. Por tal razón fue desterrado por tercera oportunidad a Chile.

Fue designado Deán de la iglesia de Arequipa en su ausencia el 8 de marzo de 1831 y en su retorno en enero de 1833 decidió consagrarse a su ministerio alegando quebrantamiento de salud para no incorporarse al Senado (de 1832) en representación de su ciudad. Viajó a Lima sólo para incorporarse a la convención Nacional, encargada de la reforma de la Constitución de 1828. El grueso grupo de liberales lo eligió presidente del cuerpo legislativo del 12 de noviembre de 1833 al 12 de marzo de 1834 y al decidir la elección del general Luis José de Orbegoso como presidente se vio situado en la cúspide de una crisis política debido a que sin desearlo, abrió el cause a la inestabilidad.

Luna Pizarro decidió consagrarse de aquí en adelante a su ministerio. Fue designado Obispo titular de Alalia y auxiliar de Lima, tomó posesión de la sede arquidiocesana el 27 de abril de 1846.

Durante sus años finales Tauro (1959) menciona “se dedica tan intensamente a las obligaciones de su ministerio, que llega a convertirse en adversario de los liberales con quienes un tiempo compartió la responsabilidad de la dirección política del país” (p. XXXVIII) y más adelante agrega en torno a su gobierno de la sede arquidiocesana lo siguiente “señaló como erróneas algunas ideas que antes profesara con entusiasmo, cauteló la enseñanza de las doctrinas aprobadas por papas y concilios, y siguió dolidamente los embates que sufría el poder temporal de la Iglesia” (p. XXXVIII).

Francisco Javier de Luna Pizarro alegó precedentes y disposiciones antiguas a fin de que le dieran sepultura en la Catedral de Lima, en donde efectivamente fue sepultado al morir el 9 de febrero de 1855.

1.3. Obra:

Desgraciadamente, no se disponen de obras escritas de Francisco Javier de Luna Pizarro, sin embargo, su pensamiento político se puede deducir de su conducta, discursos, cartas y algunos artículos que publicó durante su vida. Tauro (1959) trae a colación lo siguiente “poco menos que desconocido es el pensamiento político de Francisco Xavier de Luna Pizarro, no obstante la notoria influencia que ejerció en la organización inicial de las instituciones republicanas, y en la marcha histórica que el país vivió a través de dos décadas. Y la razón es obvia: pues se lo ha inferido a través de su conducta pública, por no disponerse de las expresiones escritas en las cuales hubiese expresado enfáticamente sus juicios sobre la realidad y su coyuntura. “Calla más de lo que dice”, apuntó ya Jorge Guillermo Leguía; y, coherentemente, pudo agregar que, siendo “más hombre de acción que de letras”” (p. IX).

Capítulo 2: Ideas Políticas

2.1. Su aporte:

La ideología que prevaleció en Europa y América entre los siglos XVIII y XIX, fue el liberalismo que según Touchard (1988) tiene entre otras, las siguientes características: Sistema predominante en Europa en el siglo XIX; ayudó a implantar estados democráticos y constitucionales; creían en la expansión de la tolerancia y de la educación; insistían en la libertad de imprenta y en el libre derecho de opinión; tenían estima al gobierno parlamentario de ministros responsables y observantes de la ley; eran hombres de clases profesionales y del mundo de los negocios; creían en lo que era moderno, ilustrado, eficaz, razonable y claro; y, confiaban en las facultades del autogobierno y autocontrol del hombre.

En este contexto, y en parte debido a dos factores que son la educación financiada por el obispo Chávez de la Rosa y, el viaje que realizó a la península coadyuvaron a su formación liberal que fue la que motivó su conducta durante toda su vida.

Esta ideología republicana liberal se manifiesta en su colaboración con la gesta emancipadora al hacer llegar informes, opiniones y que les sirvieron para un idóneo desenvolvimiento de su actuar, en su participación desde el rectorado de San Fernando en la toma de conciencia sobre la independencia, la soberanía nacional representada por el Congreso Constituyente y las bases de la constitución, así también en su resistencia a las presiones del ejército en las decisiones del Congreso (el motín de Balconcillo que determinó la elección de Riva Agüero como presidente en 1923).

Francisco Javier de Luna Pizarro fue un activo creyente de la soberanía popular y consideraba que la obediencia del Congreso en lo referente a la elección de Riva Agüero daba una imagen legal a un hecho que atentaba contra la soberanía del país. Luchó contra la prórroga de la dictadura de Bolívar, asimismo con la intención de adoptar la Constitución vitalicia en 1826, entre otros importantes hechos.

Su confianza en las instituciones republicanas y su afán de defenderlas a toda costa, lo llevaron al destierro en 3 oportunidades, la primera por la elección deriva Agüero, la segunda por su opinión sobre la constitución vitalicia y la dictadura bolivariana y la tercera, por la deposición de La Mar.

Fue miembro y luego presidente del Primer Congreso Constituyente y en dicho cargo “trazó las Bases de la constitución, que definió el carácter liberal del nuevo régimen” (p. XXII); presidió el Congreso Constituyente de 1927 en 2 oportunidades y en este cargo colaboró en la inclusión de normas de la constitución de 1823 en la de 1828; participó y llegó a ser presidente de la Convención Nacional que debía reformar la constitución de 1828.

Así se esbozan a grandes rasgos, las principales ideas liberales de este importante personaje que tuvo notoria influencia durante los primeros años de vida republicana.

2.2. Pensamiento político:

Fue uno de los artífices de la independencia debido a que informó a los patriotas sobre las conversaciones ocurridas en el bando realista, Tauro (1959) ofrece una visión interesante “muy importantes, numerosas y directas debieron ser sus noticias, pues el 28 de setiembre concurrió a las discusiones habidas en casa del general José de la Serna, con motivo de un proyecto de defensa que Gaspar Rico y Angulo presentara al propio virrey; y es obvio suponer que su espectable posición y su personalidad, tan austera como discreta, movieran a consultar reiteradamente su opinión acerca de la grave coyuntura. Para comunicar tales noticias empleó muy ingeniosas vías; y se refiere que varios días se sirvió de un pretendido vendedor de barro, a quien su mayordomo devolvía con especiosos pretextos la adquirida en la víspera, que bajo un doble fondo ocultaba la misiva destinada al cuartel patriota” (p. XX).

Ricardo Palma (1972) en su tradición Con días y ollas venceremos narra sobre este singular hecho lo siguiente “vivía el Sr. D. Francisco Javier de Luna Pizarro, sacerdote que ejerció desde entonces gran influencia en el país, en la casa fronteriza a la iglesia de la Concepción, y él fue el patriota designado por San Martín para entenderse con el ollero. Pasaba éste a las ocho de la mañana por la calle de la Concepción , pregonando con toda la fuerza de sus pulmones: ¡Ollas y lplatos! ¡Baratos! (...) Pedro Manzanares, mayordomo del Sr. Luna Pizarro, era un negrito retinto, con toda la lisura criolla de los budingas y mataperros de Lima, gran decidor de desvergüenzas, cantador, guitarrista y navajero, pero muy leal a su amo y muy mimado por éste. Jamás dejaba de acudir al pregón y pagar un real por una olla de barro; pero al día siguiente volvía a presentarse a la puerta, utensilio en mano gritando: “Oiga usted, so cholo ladronazo, con sus ollas que se chirrean toditas... Ya puede usted cambiarme esta que le compré ayer, antes que se la rompa en la tutuma para enseñarlo a no e no engañar al marchante. “¡Pedazo de pillo!” “ (p. 289-290).

Francisco Javier de Luna Pizarro fue electo diputado por Arequipa al Congreso Constituyente en 1822 y su capacidad en el ejercicio del podio lo llevó a la presidencia del Congreso en donde formó las bases de la nueva constitución de carácter liberal. Luna Pizarro (2003) en su discurso al asumir la presidencia del Congreso dijo lo siguiente “el Congreso Constituyente del Perú queda solemnemente constituido e instalado; la soberanía reside en la Nación, y su ejercicio, en el Congreso, que legítimamente representa”.

Sobre la primera Constitución que no estuvo en vigencia nunca, Roel (1981) menciona que “en sus artículos iniciales, la Constitución afirma el principio individualista de su visión social.

La nación no tiene facultad para decretar leyes que atentan a los derechos individuales. Si la Nación no conserva o protege los derechos legítimos de todos los individuos que la componen, ataca el pacto social; así como se extrae de la salvaguarda de ese pacto, cualquiera que viole alguna de las leyes fundamentales.

Todas las garantías y libertades individuales fueron incluidas, con la expresa exclusión de la libertad religiosa, porque la religión católica no sólo era considerada de naturaleza estatal sino que el incumplimiento de sus preceptos acarreaba la pérdida de la ciudadanía; queda establecido que nadie nace esclavo en el Perú ni se permite la introducción de esclavos; no obstante, el criterio colonialista aristocratizante se introduce en la constitución cuando ella señala que no puede ejercer la ciudadanía quien tenga la
“condición de sirviente doméstico"; establecida la exclusión de los sirvientes de su condición ciudadana, la carta magna reconoce a la instrucción como una necesidad común de la República, (entiende el documento que la instrucción significa el conocimiento de los elementos de la cultura occidental), estableciendo que en cada departamento haya una universidad y que los lugares más pequeños cuenten con una escuela primaria. Como principio fundamental de gobierno se establece la división de los poderes legislativo y ejecutivo: existiría una cámara única (o congreso del Perú); el Presidente de la República debía ser elegido por el Congreso, el cual también elegía una cámara de senadores, (el Senado venía a ser una entidad administrativa de supervigilancia, que nombraba a los funcionarios públicos, en consulta con las juntas departamentales); en la estructura del Estado se consideraba la constitución de las juntas departamentales, elegidas en la misma forma indirecta como se elegía a los diputados; ellas tenían la función de asesoramiento de los prefectos, de selección de los ciudadanos que al senado le serviría para nombrar a los funcionarios públicos. Los municipios asumían la función de cuidar el orden, la instrucción, la beneficencia, la salubridad, la comodidad, el ornato y el aseo locales. La fuerza armada de la república se distribuía en tres categorías: el ejército de línea, las milicias cívicas y la guardia policial (...) Pero ocurrió que por una decisión del propio congreso constituyente, adoptada el día anterior a la promulgación de la carta magna, ella quedó en suspenso en tanto que fuera incompatible con las facultades extraordinarias (o dictatoriales) que le otorgaron a Bolívar. Es, pues, un hecho, que la primera constitución del Perú no estuvo vigente ni siquiera en el momento. de su promulgación por el congreso” (pp. 290-291).

El motín en el fundo Balconcillo logró que el Congreso Constituyente retirara a la Junta Gubernativa e impuso la elección de Riva Agüero como presidente. Luna Pizarro no estuvo de acuerdo con estas dos decisiones debido a que atentaban contra su posición doctrinaria. Asimismo, “previno contra las tiranías que suelen asomar en las insurgencias militares, contra el estímulo que obtendría la ambición de Bolívar al contemplar la división interna del Perú, y contra el peligro que la rebeldía contra la autoridad legítima cernía sobre la libertad” (Tauro 1959, p. XXII). Por estas razones, decidió viajar a Chile para no tener relación con el nuevo gobierno que contrariaba el poder público (Tauro, 1959).

Con la Batalla de Ayacucho, se selló en definitiva la independencia del Perú, y Luna Pizarro regresó al Perú donde adoptó una estrategia inteligente para ir minando las posiciones de la dictadura Bolivariana, por un lado halagaba sobremanera a Simón Bolívar como se puede apreciar en esta carta que le dirige desde Arequipa el 28 de setiembre de 1825: “no me es dado respirar el aire nativo, sin que mi alma no se sienta conmovida de las más fuertes emociones de admiración y gratitud al héroe que después de haber creado a Colombia, a través de inmensas dificultades y de los más costosos sacrificios, voló al Perú a dar el último golpe a un enemigo bastante poderoso (...) V. E. (n. del a. Vuestra Eminencia) con sus sabias providencias nos traza la ruta, y ciertamente, después del don divino de la independencia, este beneficio exalta mi gratitud a V. E., persuadido como estoy de que no hay otra libertad verdadera que el ejercicio de la virtud, o el imperio de la ley; y que recién salidos de los vicios y habituales a que nos había avezado el despotismo, necesitamos un genio superior que nos enseñe a discernir el bien real y sólido del aparente” (Tauro 1959, p. 19-20), y por otra parte, expresaba sus opiniones liberales Tauro (1959) “entre tanto él (n. del a. Bolívar) no hace más que seducir a los pueblos cuanto puede para que admitan su credo político. Con todo, otros patriotas de Lima esperan que el gobierno y el pueblo de Bogotá precisen a Bolívar a una declaración sobre el curso que quiera dar a las negociaciones de Colombia. Puede suceder muy bien que aquel general en vez de dar una contestación franca, trate de ganar todo el tiempo posible para seducir a las personas de mas influjo, con el fin de lograr la victoria” (p. 155) y en otro artículo agrega Tauro (1959) “Debemos estar alerta con este Filipo, espiar sus pasos, seguirle en las tortuosas sendas de su marcha política, revelando a nuestros compatriotas lo que observemos -no sea que les deslumbre el resplandor de las glorias militares, y tomen por oro el falso metal; antes bien se penetren, que lejos de ser un genio capaz de contentarse con el tesoro de laureles cogidos en el campo de batalla, es uno de los muchos guerreros que ofrece la historia, encadenando a su carro los pueblos a par de la fortuna-” (p.160).

El libertador creyó como sincero el discurso de Luna Pizarro y le otorgó un lugar entre los colaboradores del gobierno que debía presidir José de La Mar. Fue electo diputado por su tierra, Arequipa y fue entonces donde su espíritu republicano se manifestó abiertamente: Tauro (1959) “Es, como siempre, un fiero republicano. Y en las reuniones preparatorias del Congreso, iniciadas el 29 de marzo de 1826, Francisco Xavier de Luna Pizarro desplegó su capacidad dialéctica para combatir la prórroga de la dictadura y la proyectada adopción de la constitución vitalicia “¡Qué malditos diputados ha mandado Arequipa!” -opina el Libertador al cabo de una semana, en carta dirigida al General Antonio Gutiérrez de la Fuente-” (p. XXIX). En esta coyuntura y debilitada la relación con el Libertador, se le involucró en una conspiración contra la vida de éste, y se le invitó a retirarse del país y no regresar sin previo aviso del gobierno. Así viajó a Chile por segunda oportunidad.

Luego de la derogación de la constitución vitalicia, Luna Pizarro pude retornar a su patria, y fue así que un 29 de abril de 1827, desembarcó en el Callao donde fue recibido por numerosas personas quienes batían sus banderas y entonaban cánticos festejando su regreso.

Fue elegido diputado por casi la totalidad de los votos del colegio electoral de Arequipa y se incorporó al Congreso Constituyente reunido en junio de 1827. Lo presidió en dos oportunidades y aquí tuvo la oportunidad de elegir a su amigo, José de La Mar como Presidente Constitucional minando de manera inteligente la candidatura del general Andrés de Santa Cruz (debido a su participación en el motín de Balconcillo). Asimismo “favoreció la rehabilitación y la reforma de la constitución de 1823, y logró que la ley fundamental sancionada en 1828 incluyese sus principales dictados y se limitase a moderar su liberalismo extremoso” (Tauro 1959, p. XXXII). Depuesto La Mar, fue sometido al odio de sus enemigos, sufrió prisión por órdenes del general Antonio Gutiérrez de la Fuente y finalmente fue expulsado por tercera vez a Chile.

Este tercer destierro marcó la el pensamiento de Luna Pizarro, Tauro (1959) comenta que “aunque supiera cuán veleidosos son el poder y la fortuna, y antes hubiera saboreado la amargura que deja su frustración, los tratos y la prisión que antecedieron a este nuevo destierro dieron otro giro a sus meditaciones. Su confianza en la libertad, entendida como voluntario y general acatamiento de la ley, había sido severamente mellada” (p. XXXIII).

Francisco Javier de Luna Pizarro regresó al Perú paradójicamente, al encontrarse en el poder el mismo general que ordenó su prisión, Antonio Gutiérrez de la Fuente en ausencia del presidente Gamarra. Este acercamiento entre el vicepresidente y los liberales tuvo como objeto, socavar la estabilidad del régimen.

La llegada de Luna Pizarro fue considerada como una suerte de refuerzo para el partido de éste, debido a que le brindó una jefatura. Por esa época se estaban llevando a cabo los debates de la Convención Nacional, pero no cumplían idóneamente su función debido a las demoras de la Comisión de Constitución en la terminación del proyecto. Por esto los liberales aprovecharon para realizar una renovación en la mesa directiva incorporando a Luna Pizarro que trabajó y dio forma al proyecto que introducía sustanciales mejoras en la constitución de 1928 (1934). Tauro (1959) menciona que las innovaciones se dieron al “suprimir la prohibición de los pactos federales, admitir la suspención temporal de las garantías constitucionales y admitir un consejo de estado” (p. XXXVI).

Francisco Javier de Luna Pizarro fue electo por los liberales presidente de la asamblea legislativa y manejó de manera hábil las elecciones de aquel año en donde aseguró la elección del general Luis José Orbegozo como presidente provisorio sorteando la crisis generada por la sucesión del Mariscal Agustín Gamarra.

Tauro (1959) comenta que “no extraña que sus amigos lo hallaran animado por un sorprendente espíritu de conciliación, y, que sin reparo lo atribuyeran al temor que le inspiraba la posibilidad de sufrir un cuarto destierro. En efecto, preconizó la federación con Bolivia, como un medio de moderar en cada estado las atribuciones de poder ejecutivo, y sugirió al general Andrés de Santa Cruz como su posible realizador; admitió que el Mariscal Agustín Gamarra había hecho posible la alternabilidad en el ejercicio del poder y había demostrado su republicanismo, al concluir su mandato en la fecha estipulada por la ley; y favoreció un entendimiento con el mismo expresidente para superar los recelos que ensombrecían los comienzos de la nueva administración. Sin embargo, prevalecieron la intransigencia y la desconfianza. El Presidente Provisorio se refugió en las fortalezas del Callao (3 de enero de 1834) y, presentándolo como fugitivo, el general Pedro Bermúdez encabezó al día siguiente un pronunciamiento militar. El local donde sesionaba la Convención Nacional fue allanado, pero los diputados se reunieron secretamente y condenaron la subversión del orden legal. Amenazado por una orden de expatriación. Francisco Xavier de Luna Pizarro se adhiere a los diputados del departamento de Arequipa en una valiente protesta, y permanece oculto en Lima. Pero al fin cede la marea. Los facciosos abandonan la capital, acosados por la hostilidad del pueblo; el general Luis José Orbegoso retorna triunfalmente y prepara una campaña para afianzar el orden legal; la Convención Nacional, que en las fortalezas chalacas reanuda sus tareas, reelige al caudillo liberal como presidente (12 de febrero); y el país queda pacificado cuando las fuerzas en pugna se abrazan en el campo de Maquinguayo. Renace la confianza en el imperio de la ley, y en la nueva constitución se afianza la influencia del liberalismo” (pp. XXXVI-XXXVII).

Esta fue, sin lugar a equivocaciones, la última actuación de Luna Pizarro en la política peruana, al respecto Tauro (1959) trae a colación que “claramente se advierte que en ella no aplicó la energía y la elocuencia que antes lo hicieron influyente y odiado; que, en verdad, se dejó llevar por las circunstancias, por la intransigencia principista que sus amigos le vieron desplegar en los anteriores episodios de la lucha mantenida entre autoritarios y liberales. Ya no desafiaba a los poderosos: los temía. Ya no le bastaba la satisfacción de su propia conciencia: quería merecer aun la justificación de sus adversarios. Y con hondo desaliento reviviría quizá en su memoria las contradictorias alternativas que sus auspicios habían provocado: pues, a fin de evitar la derivación hacia el despotismo y salvaguardar la potencia de la soberanía popular, había recortado las atribuciones del poder ejecutivo hasta reducirlo a ser el brazo ejecutor de los designios del legislativo; y, tanto en 1823, como en 1829 y 1834, la debilidad de los gobierno cuya formación había inspirado fue, precisamente, la causa primaria de los atentados que las ambiciones despóticas acometieron, en perjuicio de la ley y la soberanía popular” (p. XXXVII).

2.3. Su pensamiento ante la condición humana:

Luna Pizarro consideraba que la educación de las masas es prioritaria para el establecimiento de una gobierno representativo, debido a que éste necesariamente se funda en la racionalidad. Para ello es oportuno transcribir lo siguiente Luna Pizarro en Tauro (1959) “en todas hay variedad de colores desde el marfil hasta el del ébano: en las más hay indígenas con su idioma peculiar, como el de los Quechuas. La ilustración de la masa lejos de perjudicar, es alimento del gobierno popular representativo, que se funda en los principios eternos de la razón y justicia, en las leyes de la naturaleza, las cuales con las luces adquieren mayor fuerza” (p. 158).

Sobre la justicia, la libertad y la traición Luna Pizarro considera en Tauro (1959) “pero al modo que en el campo de Marte de nada vale una victoria, si no acompaña la sabiduría para sacar el fruto posible así en la arena de la libertad no basta un triunfo contra el despotismo, si desde los primeros instantes no se le priva de todo recurso, y aun de la remota esperanza de enarbolar otra vez su ominosa bandera. Proclamar los derechos del pueblo, y dejar en los destinos de mas influencia a los que trabajaron por desnaturalizar la razón del hombre: empañarse en asegurar las libertades, la fortuna, la dicha de los ciudadanos, y conservar con honores y rentas a los campeones de la tiranía, es una contradicción inexplicable. Lejos de nosotros establecer en principio la intolerancia; más la suprema ley de la salud pública exige separar como miembros gangrenados a todos los que tuvieron el arrojo de enclavar el puñal en el seno de la Patria, entregándola a merced de un usurpador. Jamás se hace revolución a medias, ni permite la justicia queden en su puesto loa que traicionaron los intereses sagrados de los pueblos” (p. 162-163).

La opinión de Francisco Javier de Luna Pizarro sobre la gente que desea quedarse en el poder a toda costa es la que sigue: Luna Pizarro en Tauro (1959) “es fe de la política que los miembros de la sociedad del poderío, los que gustaron sus dulces frutos, no pudiendo convivir sin ese alimento, nada omitieran de cuanto esté a su alcance para recuperar el goce perdido. Ellos encenderán la discordia, sembrarán la corrupción, formarán partidos, y sacrificarán cien veces la república a su ambición y la de su señor. Peruanos! Permitid os hablemos directamente, pues que vuestros intereses se ligan con los nuestros en este grave negocio. Permaneciendo en vuestro seno esos agentes del déspota a quien deben su existencia política, esos altos empleados que fueron un firme apoyo de sus voluntades, no esperéis constituirlos, no os alucinéis con la perspectiva de la libertad: ella será solo una estéril nomenclatura, como Ixión seréis condenados a no abrazar mas que las nubes. Peruanos! Sólo habéis abatido la capa del árbol funesto: cortád sus ramas, arrancád sus raíces: entonces podréis derramar la benéfica semilla de las libertades patrias” (p. 163-164).

Y sobre los derechos de las personas, Luna Pizarro en Tauro (1959) menciona: “derechos de la naturaleza y de la sociedad son la seguridad individual, la del domicilio, el secreto de la cartas, la libertad del pensamiento, la hospitalidad y protección de los extranjeros” (p. 167).

Capítulo 3: Proyección y Legado

3.1. Sus contemporáneos:

El libertador Simón Bolívar en una carta dirigida al general Antonio Gutiérrez de la Fuente, suscrita en Magdalena el 6 de abril de 1826 dice lo siguiente: “Luna engañó a Riva Agüero; Luna echó a Monteagudo y San Martín; Luna perdió a la Junta Gubernativa; por culpa de Luna entró el gobierno de Riva Agüero, y por culpa de Luna entró Torre Tagle; por Luna se perdió el Perú enteramente y por Luna se volverá a perder, pues tales son sus intenciones” (p. XXXIII).

Agustín Gamarra en una carta dirigida al general José de La Mar, suscrita en Piura el 7 de junio de 1829 menciona: “Miles de hombres gimen bajo el peso del despotismo de Luna Pizarro, que se ha hecho el regulador de nuestros destinos, y el patriarca de esas nocturnas sesiones donde se juzga de todo, se dispone en Jefe, ordena y manda”(p. XXXIII).

Andrés de Santa Cruz reservó su aplauso a Antonio Gutiérrez de La Fuente al no haber fusilado a Luna Pizarro y sentencia (Tauro, 1959): “si Luna existe todavía en el Perú, no hay que contar con nada bueno, (porque) ese endiablado es incompatible con el bien de la república” (En carta al deán Manuel José Fernández de Córdoba, suscrita en La Paz el 15 de junio de 1626) (p. XXXIV).

Luna Pizarro consideraba a La Mar (Tauro,1959) como un caballero que respetaba la ley, y “bravo republicano que después de tener tanta parte en la gran victoria de Ayacucho se ha retirado a su suelo natal, renovando en nuestro días el ejemplo de los célebres guerreros que mas admiramos en la edad de oro de las antiguas repúblicas” (p. 157).

3.2. Proyección en el pensamiento peruano y actualidad:

La influencia palpable de su influencia se dan en las Constituciones del 1828 y 1834 en donde se manifiesta la tendencia liberal de este importante personaje.

La constitución de 1828 otorgaba el sufragio a todos los hombres libres nacidos en el territorio del Perú sin excepción que fueran mayores de veintiún años o casados y que no hubiesen sido condenados a ninguna pena ni aceptado empleo de otra nación, ni hecho tráfico de esclavos o pronunciado voto religioso. También se le otorgaba este derecho a los extranjeros que hubiesen servido en el ejercito o estuviesen viviendo en el país desde el año 1820 o que después de un año hubiesen obtenido la carta de naturalización, no exigiéndosele para lograr ésta trámite ningún requisito. Las elecciones se efectuarían por votación en las parroquias y las provincias. La elección de Presidente y Vicepresidente se efectuaba nombrando cada colegio dos individuos de los que uno por lo menos, no debía ser natural ni vecino del departamento. El ejercicio de la soberanía residía en tres poderes legislativo, ejecutivo y judicial. El Poder Legislativo estaba formado por dos cámaras, la de senadores y diputados, el Poder Ejecutivo se encontraba limitado por las funciones que correspondían a las Juntas Departamentales y el Poder Judicial en el que los jueces eran inamovibles, salvo destitución por sentencia legal. El presidente de la República nombraba, la propuesta en terna del senado, a los vocales de la corte suprema y superior y a los jueces de Primera Instancia, a propuesta en terna de la respectiva Corte Superior.

La Constitución de 1834 reproduce casi en su totalidad a la constitución de 1828. Las diferencias que hay son de detalle y los artículos modificados no llegan a la veintena. Una importante modificación fue la supresión de la prohibición que contenía la carta anterior de federarse a otro estado. De haberse mantenido no se habría podido realizar la Confederación Peruano-Boliviana. Reaccionó en contra de otorgar la nacionalidad peruana sin mayores restricciones (se recordará la facilidad en el caso anterior). Se limitó a los nacidos en territorio nacional o en el extranjero de padre o madre peruana, y a los extranjeros que hubieran servido en el territorio de la república o que, casándose con peruana, ejercían arte o industria y tengan residencia de dos años. El derecho a voto fue negado a los soldados, cabos y sargentos, excluyo a los sirvientes, domésticos y mendigos, pero sí a los analfabetos. Se privó al gobierno de la intervención que le daba la carta anterior en la formación de leyes en los casos de discordia entre la cámara de diputados y el senado. Sólo se le concedió al Presidente de la República la facultad para nombrar fiscales. Y sólo se podía acusar al presidente de la república del delito de traición a la patria y a los demás cuando cesaran en el gobierno. Prohibía la reelección inmediata ya que sólo podría ser reelegido después de un periodo semejante. Suprimió el cargo de Vicepresidente.

La idea de Luna Pizarro sobre la necesidad de contar con un pueblo educado para garantizar la efectividad de un gobierno representativo es sumamente importante y algo que desgraciadamente en la actualidad se ha dejado de lado, no se da prioridad a la educación que es el realmente, el pilar de una nación.

Sus reflexiones sobre justicia, libertad, derechos de los ciudadanos, etc. son conceptos que aún se mantienen en plena vigencia y su defensa posee vital importancia en la sociedad contemporánea.
Conclusiones

El liberal Francisco Javier de Luna Pizarro tuvo una notable y muy importante influencia en la organización de las primeras instituciones republicanas, así también durante las dos décadas que siguieron a la independencia.

Fue el primer presidente del Congreso Constituyente y miembro de la comisión que se encargó de redactar el proyecto de la Constitución de 1923 de carácter liberal.

Combatió de manera inteligente la dictadura bolivariana y la intención de que se adopte la constitución Vitalicia para perpetuar los intereses de Simón Bolívar debido a que era un sólido creyente en la libertad, la justicia y la soberanía del pueblo.

Consideraba que la ilustración de la masa lejos de perjudicar, es alimento del gobierno popular representativo, que se funda en los principios eternos de la razón y justicia, en las leyes de la naturaleza, las cuales con las luces adquieren mayor fuerza.

Como miembro del Congreso Constituyente en 1827, favoreció la inclusión de los principales dictados de la Constitución de 1923 en la de 1928, que moderaron su liberalismo extremoso.

En la mesa directiva de la Comisión de Constitución de la Convención Nacional trabajó y dio forma al proyecto que introdujo sustanciales mejoras en la Constitución de 1928 para la de 1934. Estas tendían a suprimir la prohibición de los pactos federales y admitir un consejo de estado.

Su confianza en las instituciones republicanas y su afán de defenderlas a toda costa, lo llevaron al destierro en 3 oportunidades, la primera por la elección de Riva Agüero, la segunda por su opinión sobre la Constitución vitalicia y la tercera por la deposición de La Mar.

Referencias

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Choy, E. (1954) La sublevación de Túpac Amaru, Revista del Museo Nacional, Vol. XXIII, Lima.

Lecaros, F. (1983) Historia del Perú y del Mundo S. XIX. Lima Rikchay

Luna Pizarro, F. J. (2003) Historia del Congreso de la República del Perú (www.congreso.gob.pe/historia/congreso.htm).

Palma, R. (1972) ¡Al rincón! ¡Quita calzón!. Tradiciones Peruanas, Vol. 2, Barcelona, Océano, pp. 443-445.

Palma, R. (1972) Con días y ollas venceremos. Tradiciones Peruanas, Vol. 1, Barcelona, Océano, pp. 287-291.

Roel, V. (1981) Conatos, levantamientos, campañas e ideología de la independencia, Historia del Perú, Vol. 6, Perú Republicano, Lima, Juan Mejía Baca, pp. 10-392.

Tauro, A. (2001) Enciclopedia Ilustrada del Perú: síntesis del conocimiento integral del Perú, desde sus orígenes hasta la actualidad. Lima: Peisa.

Tauro, A. (1959) Francisco Xavier de Luna Pizarro. Escritos Políticos. Comp. Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Touchard, J. (1988) Historia de las ideas políticas. Madrid: Tecnos.

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