FACTÓTUM

Artículos de diversa índole, en especial, de corte cultural, que son publicados semanalmente en un diario de la colectividad peruano-japonsa llamado: Perú Shimpo. Los artículos incluyen: arte, ensayos, investigaciones, cuentos, temas de actualidad, etc. Actualmente, publico otros escritos, además de fotografías y pinturas que están relacionados a temas de mi interés -que por cuestiones de espacio-, no los puedo publicar en el periódico.

martes, mayo 17, 2005

“Inmerso en la soledad”

¿Como no habría yo de ser un lobo estepario y un pobre anacoreta en medio de un mundo, ninguno de cuyos fines comparto, ninguno de cuyos placeres me llama la atención? No puedo aguantar mucho tiempo ni en un teatro ni en un cine, apenas puedo leer un periódico, rara vez un libro moderno; no puedo comprender qué clase de placer y de alegría buscan los hombres en los hoteles y en los ferrocarriles totalmente llenos, en los cafés repletos de gente oyendo una música fastidiosa y pesada; en los bares y varietés de las elegantes ciudades lujosas, no puedo entender ni compartir todos estos placeres por los que tantos millares de personas se afanan y agitan. Y lo que por el contrario, me sucede a mí en raras horas de placer, lo que para mí es delicia, suceso, elevación y éxtasis; eso no lo conoce ni lo ama, ni lo busca el mundo más si acaso en las novelas; en la vida, lo considera una locura. Y en efecto, si el mundo tiene razón, si esta música de los cafés, estas diversiones en mesa, estos hombres americanos contentos con tan poco tienen razón, entonces soy yo el que no la tiene, entonces es verdad que estoy loco, entonces soy definitivamente el lobo estepario que tantas veces me he llamado, la bestia descarriada en un mundo que le es extraño e incomprensible, que no encuentra ni su hogar, ni su ambiente, ni su alimento.

Hermann Hesse, El lobo estepario.

Un contundente remezón produjo en mí un gran temor; me así con una mano al asiento y con la otra tomé con mucha fuerza la abrazadera que está en la parte superior de la puerta, casi en el techo. El auto aceleró abruptamente aproximándose al conjunto de curvas que están próximas a la playa La Herradura.

El pavor que en ese momento sentí era mucho más débil que el mórbido deseo (un tanto estúpido) de saber a que velocidad íbamos ; el motor hacía un sonido áspero pero a la vez agradable al oído, ese plácido sonido nos indicaba que la máquina aumentaba en revoluciones y por ende en velocidad. Como quien no quiere la cosa miré con un ojo el velocímetro iluminado con esas lucesitas que parpadean incesantemente : ciento veinte kilómetros por hora.

A esa velocidad entramos a una curva muy cerrada; en ese momento recordé íntegra la novela de Simone de Beauvoir : “Todos los hombres son mortales”[1] donde el señor de Carmona, Raymond Fosca, bebió una poción para ser inmortal; me di cuenta definitivamente que yo no tenía ese privilegio (o en todo caso maldición) y que, si seguíamos yendo tan rápido podríamos tener un final un tanto grotesco : ¿A quien le gustaría salir en esos periódicos burdos con esas fotos en donde la muerte se convierte en negocio?. A mí no.

Retomé el hilo de los hechos, estaba abstraído; un peatón se cruzó en nuestro camino, !mierda!, ese ya se jodió, felizmente no sé como hizo una pirueta para evitar a nuestro bólido.

Ese olor, no sé si a llanta quemada o a frenos me perturbaba un poco, pero luego de salir ilesos del circuito de playas qué importaba. Estábamos ya en La Herradura, eran las doce de la noche, los estacionamientos de la playa estaban llenos. Nos detuvimos un rato en la pista y abrí la ventana oscura del auto, quería observar mejor lo que pasaba. Era lo de todos los fines de semana: mucho alboroto, algarabía, el alcohol y otras drogas iban y venían. Que todos se vayan a la mi-er-da, pensé. En ese momento el motor emitió nuevamente su reconfortante sonido, nos largamos.

Fuimos a Barranco, el Bulevar estaba a reventar de gente, no faltaban las putas y uno que otro maricón por allí, los vendedores de cigarros y golosinas no paraban de acosarnos; ver tanta gente de aquí-allá, que van-y-vienen, que salen-de-un-local-y-entran-a-otro me desespera; el ruido (que en otro contexto sería música) se hace insoportable. No soporto a tantas personas, a tanta gente. Observo mi reloj, son la una de la mañana, la noche impertérrita, me hostiga. Mis amigos ya se quieren ir, me llaman, pero no voy.

Tuve que quedarme ya que en un local de allí se celebraba el cumpleaños de una amiga, caminé hastiado entre tantas personas y me dispuse a ir al local.

Con una gesticulación digna de un “Oscar” entré y saludé a todos. Habían por lo menos unas quince personas (dicho sea de paso no conocía a nadie). Me senté en una mesa y pedí una cerveza, ahora venía lo mas tedioso, gente que no se conoce (o que por lo menos yo no conozco) intentan entablar una conversación (la creo ficticia). La música no altera mis nervios, no está tan alta.

Las tertulia empezó con las preguntas creo yo incrustadas en el inconsciente colectivo jungiano[2] : (lo digo porque todos empiezan a hablar de la misma manera) ¿qué estudias?, ¿y por qué?, ¿en donde estudias?, ¿y por que allí?, etc. Entablé conversación con tres personas : una chica que estudiaba comunicaciones, un joven que estudiaba economía y otro que estudiaba ingeniería no-sé-que-cosa (no me especificó y tampoco quería que me especificara).

La conversación era un tanto ligera o light, (término que escuche mencionar muy a menudo en dicha reunión) hasta que Max (el que estudiaba economía) comentó que tener plata es lo único que importa, el estudio del arte y las carreras de humanidades ya no sirven. Lucy (la que estudia comunicaciones) lo apoyó ipso facto, Cesar (el que estudia ingeniería no-se-qué) asintió con la mirada. Ese preciso momento bastó para que la velada, hasta ahora agradable, se convirtiera en vomitiva. Durante toda la conversación me había mantenido reticente a participar, me podría catalogar como sumiso, distante. (Tal vez mis no tan fieles acompañantes habrían pensado que era tonto o algo por el estilo) Me encontraba en un dilema debido a la intervención de Max, podía discutir in saecula saeculorum (por los siglos de los siglos), pero ¿valdría la pena?. !Qué carajo!, y entonces me decidí a participar en la “amena” conversación.

El mozo hizo una morisqueta anunciando que traía mi cerveza, bebí un sorbo y preparé mi declamación.

Les dije que a mi parecer su manera de pensar estaba un tanto errada, el dinero no lo era todo, me esmeré al describir la sociedad mecanizada que Huxley creó en “Un mundo feliz”[3], la matice con un compendio de “1984”[4] de Orwell, les comenté de nuestros amigos : Juan Lastarria, Juan Lucas y Susan, personajes creados por Bryce[5] haciendo alusión a la decadencia de la sociedad actual. Observé a mis nuevos amigos mientras hablaba, me miraban con atención, luego critiqué, mordaz el kietsh matizando lo que decía con sarcasmos peculiares: !la decoración del Ovalo Gutierrez es hermosa!, Lima está copiando a Miami,... qué moderno, la cultura open mind peruana es lo mejor, !viva la ropa “fina” llena de marcas!. Mi siguiente paso fue ir en contra del stablishment, lo ataqué con gran impulsividad. Con una breve pausa les hablé (tratando de equiparar el asunto) de las humanidades y del arte (que ellos tanto desprecian). Diserté sobre Tadzio, personaje que simbolizaba la belleza para Gustavo Von Aschenbach, ambos personajes de “La muerte en Venecia”[6] de Mann, analicé la búsqueda incesante de Stephen Dédalus en el “Retrato del artista adolescente”[7] de Joyce y les increpé si acaso no apreciaban la perfección en el puntillismo de Georges Seurat[8] o las hermosas obras de Toulouse-Lautrec[9]. Como para dar el golpe de gracia y acentuando la picazón agradable que se siente al aproximarse un innegable triunfo, terminé parafraseando a Kafka y su “Metamorfosis”[10].

Me miraron silenciosos, luego ellos se miraron, sentía que había triunfado, que los había hundido hasta la sima. Luego escuché unas carcajadas que parecían bramidos. Los tres se cagaban literalmente de risa. La sensación de triunfo se transformó en desazón. Lo que en ese momento pensé fue : Margaritas ante porcos (no arrojes perlas a los puercos)[11]. Luego de aquel incidente puse mi cara de tonto número 23 y me hice el cojudo.

Cualquiera con dos dedos de frente puede darse cuenta que ese tema estaba encerrado y bajo mil candados. En mente tuve tres ideas: Un amigo me dijo que debía aprender a adaptarme al contexto en el cual me encontraba, que no debía mandarme con mis rollos existenciales así tan fácilmente. Lo odié. La segunda fue de una amiga muy querida: qué te puede interesar que alguien no comprenda lo que dices, total si son limitaditos para que te enojas... ¿no?. La odié también. Y la tercera idea que no recuerdo de quién fue era que las personas podemos optar por dos caminos, y que yo no podía juzgar ya que ¿quién estaba calificado para definir que camino era el bueno o el correcto?. Como no sabía quien me había dicho esto, me odié.

Mi cerveza se terminó y con ella mi deseo de permanecer en la reunión, pagué y dejé propina. Me habré quedado alrededor de una hora en la reunión, me despedí de mi amiga y sarcásticamente de mis tres nuevos amigos (por supuesto ellos no se dieron cuenta del sarcasmo). Me fui de allí.

Caminé por la pista elucubrando pensamientos que no tenían sentido, estaba tan “ido” que me percaté que empezó a garuar sólo cuando sentí que el asfalto de la pista se hacía resbaladizo. Una profunda melancolía me azoraba. Quise regresar a mi casa, entonces paré un taxi. Ya en casa me quité las botas y no me cambié, me recosté en la cama y medité un poco sobre lo ocurrido. Sentía que no encajaba, era tan simple. Intenté dormir esa noche pero se me hizo difícil; las ideas iban y venían, cuestionaba mi actitud, ¿estaría equivocado?, todo lo qué he creído siempre, ¿sería una mentira?. Finalmente pude dormir.

Luego de haber dormido por mucho tiempo, desperté muy tarde aquel domingo; tenía mucha hambre, revisé la alacena de mi cocina, tomé lo primero que encontré y lo engullí como un famélico. Me recosté en mi cama y cogí de la mesa de noche un libro. Leí durante toda esa tarde y parte de la noche; sin darme cuenta ese domingo se había convertido en lunes, el trabajo, los estudios; en martes, ir a la universidad, regresar, volver a ir; en miércoles, trabajar, total el sistema dice que debo trabajar como un cerdo y ganar también como un cerdo, ese es mi deber; en jueves, ya falta poco para el viernes; en viernes, saldré a tomar unos tragos; en sábado, lo mismo, la rutina, el hartazgo; ¿esto es lo que llamamos vida?, ¿a donde llegaremos con este viaje?. No sé, pero no quiero tener el mismo destino que todos, mi camino es viajar siempre solo, inmerso en la soledad.


NOTAS:

[1] La conclusión filosófica que subyace en la novela “Todos los hombres son mortales” podría formularse así: es una dicha para el hombre poder morir, pues gracias a esta condición su existencia puede hacerse dramáticamente intensa. Esta tesis no les gustará a las personas a quienes la vida, cualquiera que sea, les parece el bien supremo, así lleven una existencia simplemente larval. En realidad son los mortales los capaces de amar verdaderamente la vida, de correr riesgos y creer en el futuro, ya que saben que sólo disponen de una única existencia, que están destinados a morir tarde o temprano, y que por lo tanto deben apresurarse.

[2] El inconsciente colectivo es un concepto desarrollado por Carl Gustav Jung, quien afirma que todas las personas, sin excepción, almacenan las experiencias vividas por la especie humana a través de los siglos.

[3] “Un mundo feliz”, es una obra de ciencia ficción en donde la vida se ha mecanizado totalmente, (estamos en camino) estas condiciones han originado un estado en donde no existe sufrimiento físico, pero la libertad e iniciativa individual no existen.

[4] George Orwell predijo con mucha certeza como es el mundo actual, ya que esta novela fue escrita hace casi un siglo. “1984” muestra dramáticamente como vivimos y nos hace reflexionar acerca de como viviremos en un futuro no muy lejano.
Estamos viviendo un sistema neoliberal-globalizado en donde la persona (como individuo que siente y piensa) ha perdido por completo su valor, lo único que interesa es producir dinero.

[5] Estos tres personajes los creó Alfredo Bryce Echenique en “Un mundo para Julius”. Esta obra relata como vive la burguesía limeña, pero el trasfondo real de esta novela es el profundo análisis de la superficialidad en la que estamos viviendo.

[6] “La muerte en Venecia” trata de un hombre llamado Gustavo Von Aschenbach quien visita Venecia en un viaje de vacaciones. Allí observa a un niño, a quien nunca conoce, escucha que se llama Tadzio. Este niño tiene unos rasgos muy hermosos y movimientos extremadamente sublimes que acentúan su belleza. Von Aschenbach con el simple hecho de observar como el niño juega, se regocija con cada uno de sus perfectos movimientos; siente y se conmueve con su belleza.

[7] Stephen Dédalus es el personaje principal del “Retrato del artista adolescente”. Se trata de un joven que se da cuenta de la asolapada represión que la iglesia nos impone (esto es lo bueno, esto es lo malo), además está en constante búsqueda y se inquieta sobremanera de temas que a los demás jóvenes no les importa (llámese arte, significado de la belleza, etc).

[8] George Seurat.- Pintor francés del siglo pasado a quien se le atribuye junto con otros el haber creado el puntillismo (consiste en aplicar pequeños puntos de colores hasta conformar el tono deseado). Seurat se encuentra dentro de la categoría de los neoimpresionistas o post-impresionistas (el impresionismo consiste básicamente en reproducir los cambios que la luz produce en los objetos, además de las sensaciones que incita este cambio en el observador). Entre sus obras podemos nombrar: “Tarde de Domingo en la isla de La Grande Jatte” o “Une Baignade”.

[9] Henri de Toulouse-Lautrec.- neoimpresionista, entre sus obras podemos citar: “Au Cirque Fernando” o “Le Moulin Rouge”.

[10] El personaje principal de “La metamorfosis” es Gregorio Samsa quien es un esmerado trabajador que mantiene a su familia, éste amanece convertido una mañana en un coleóptero (insecto), pese a ello, su familia no se preocupa por él. Lo único que les importa es cómo se van a mantener sin los ingresos de Gregorio. Esta obra es otro claro ejemplo del proceso de insensibilización que estamos atravesando por las características de la sociedad actual.

[11] No dialogues con personas que por más que te esfuerzas, no te van a entender. No es que no pueden entenderte, es que no quieren.

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